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domingo, 29 de marzo de 2009

Relato de un sueño. Capítulo IV





Llegamos a nuestro asiento 45 minutos antes del comienzo del encuentro, y fueron esos minutos precisamente en los que más gritamos todos los madridistas que habíamos acudido al fondo que queda en frente de The Kop. Justo hasta el momento en que sonó el himno que ya conoce cualquier aficionado al fútbol. Ver cómo todo el público extiende su bufanda cantando “You’ll never walk alone” no tiene precio. Era gracioso porque mientras duró la canción, la mayoría de madridistas, en lugar de levantar nuestras bufandas a modo de respuesta, lo que levantamos fue la cámara para grabar el momento, dejando así una estampa curiosa. Poco después empezó el partido que todos visteis, y sólo puedo decir que desde la grada madridista se sentía cada ataque del Liverpool como un golpe que nos iba dejando hundidos poco a poco, igual que a los jugadores, que sucumbieron de manera estrepitosa a un estadio que se hizo escuchar. Pese a que por dentro veíamos la hazaña cada vez más imposible, continuamos animando, casi todo el partido de pie pese a que los empleados del estadio nos obligaban a sentarnos. Muchos optaron por tomarla contra el “Liverpool’s number nine” insultando al hombre que nos dio la Eurocopa el pasado verano. Eso sí, el cambio de Gerrard llevó consigo una ovación insuperable, en la que participó prácticamente el 100% del estadio, al son del “que será, será” sustituyendo esta letra por el nombre del capitán red. Sin embargo, de todas las canciones que se pueden escuchar en un partido en Anfield, la que te deja realmente de piedra es “Fields of Anfield Road”, sobre todo en el momento en que se ponen todos a saltar siguiendo el ritmo ligeramente acelerado de la canción. Teníamos todo un graderío encima y por momentos parecía que se vendría abajo.

Avanzada la segunda parte, la megafonía anunciaba que los blancos tendríamos que permanecer en nuestro asiento hasta que se vaciara el estadio por motivos de seguridad mientras la afición red nos dedicaba un doloroso “adiós”, a lo que no tuvimos otra que responder que nosotros éramos los “reyes de Europa”, pese a que el equipo no lo estuviera demostrando. Cuando finalizó el partido, y después de que volvieran a cantar el YNWA celebrando el pase a cuartos, comenzaron a gritarnos “Madrid, Madrid” mientras abandonaban el estadio y nosotros lo agradecimos con un “Liverpool, Liverpool” que conciliaba a las dos aficiones. Al retirarse los jugadores madridistas se acercaron a donde estábamos para agradecer el apoyo y hubo aplausos y pitos, terminando con un claro “Iker, Iker” reconociendo el mérito al único que había estado al nivel exigido. Poco más tarde salieron algunos jugadores del equipo local a hacer ejercicios y estirar, demostrando la gran profesionalidad del equipo de Benítez. En el estadio ya sólo quedábamos los madridistas, y algunos de ellos que se situaban en la parte más baja de la grada, le cantaron a Mascherano una canción bostera mientras la gran mayoría aclamábamos una vez más a Gerrard reconociendo su calidad a pesar de habernos marcado dos goles.

Poco después abandonábamos el estadio y la ciudad en un viaje de vuelta en el que las caras de todos nosotros mezclaban el sueño con la decepción. Pero en las cabezas de mi hermano y mía siempre quedará la experiencia de todo el viaje y de vivir un partido en el alucinante ambiente de Anfield por encima del chorreo que marcó la historia del Real Madrid. Y la promesa de volver.

Por cierto, al final sí estuvo allí ;)

viernes, 27 de marzo de 2009

Relato de un sueño. Capítulo III

Ante la imposibilidad de acudir a Anfield en la tarde del lunes a ver el museo para poder darle una palmadita al famoso cartel “This is Anfield” del túnel de vestuarios, por motivo del entrenamiento a puerta cerrada del equipo madrileño, fuimos a dar una vuelta por los alrededores del hotel. Así conocimos “The Cavern”, el club donde empezaron a tocar los Beatles en los años 60, o la tienda oficial del Liverpool, que nos recibió con los brazos abiertos, todo preparado para la visita de los españoles. Entre otras cosas, compramos unas medias de la primera equipación, y desde que las lleva, mi hermano se sale en su equipo juvenil y hasta marca de chilena, cual Torres con su brazalete liverpudlian en el Atleti.

Más tarde teníamos toda la expedición de socios madridistas y afortunados premiados una cena en el mismo hotel, en la que tuvimos la suerte de conocer a unos simpáticos asturianos aficionados del Sporting, que viajaban gracias a Bwin, y a dos entrenadores de los Infantiles A y B de la cantera blanca, que nos estuvieron contando algunos entresijos de la Fábrica. Por la mañana del día siguiente hicimos un tour por la ciudad, visitando entre otros las catedrales católica y anglicana y el museo que explicaba la historia de la banda de música más famosa de la historia. Después de comer en un restaurante cubano teniendo en la mesa de al lado a Davor Suker y de realizar el check-out del hotel entre Martín Vázquez y Bakero, estábamos listos para desplazarnos al estadio.
En el autobús ya íbamos viendo como la marea de aficionados de ambos equipos aumentaba según nos acercábamos a Anfield Road. Al llegar lo primero que hicimos fue comprarnos la bufanda conmemorativa del partido, mitad madridista, mitad liverpudlian. Teníamos poco tiempo y muchas cosas que ver así que dimos una vuelta al estadio intentando fijarnos en todos los detalles: la estatua de Bill Shankly en el exterior de The Kop, la puerta de You´ll never walk alone junto al monumento en memoria de los fallecidos en la tragedia de Hillsborough, y otras muchas cosas que hacen mítico al estadio del Liverpool, todas ellas rodeadas de manadas de gente cantando. Se respiraba en el ambiente algo especial y todavía no habíamos entrado. Precisamente la entrada nos impresionó: para acceder tienes que pasar prácticamente de lado para caber por una estrecha puerta mientras le das la entrada a una señorita y otro empleado te mira la mochila. Ya estábamos dentro, pero todavía quedaba lo mejor.


miércoles, 25 de marzo de 2009

Relato de un sueño. Capítulo II

El viaje comenzó en la Terminal 3 del aeropuerto de Barajas por la mañana del lunes 9 de marzo, después de enviar el pertinente mensaje de felicitación a nuestro hermano mayor. Le tocaba cumplir años mientras veía como nosotros cumplíamos un sueño que él también hubiera disfrutado, pero aún así también disfrutó de nuestro viaje. Es injusto que me queje, pero podía haber sido el premio para tres personas. El caso es que a las 9 nos habíamos citado mi hermano pequeño y yo con la expedición del Real Madrid para partir con rumbo a Liverpool dos horas más tarde. Entre nuestros compañeros de viaje había directivos y otra gente adinerada y bien vestida, los periodistas que suelen acompañar al equipo (fotos con Miguel Ángel Díaz “Miguelito”, de Radio Marca y con Matallanas, de la Cope), otros aficionados que también habían ganado algún concurso, y los jugadores y técnicos del primer equipo. Ellos llegaron los últimos en un autobús desde Valdebebas y se metieron enseguida en el avión, pero aunque pasaron rápido por nuestro lado, me dio tiempo a gritarle a Pedja un reivindicativo “¿Dónde está Granero?”. Como era de esperar, ni siquiera me miró. A los pocos minutos ya estábamos todos sentados en nuestros asientos del Boeing 747400 de dos pisos, bastante más grande y al parecer menos ruidoso que la Saeta, que nos llevaría a tierras inglesas. Alrededor de las 14, hora local, estábamos ya instalados en la habitación 414 del hotel Hard Day’s Night, homenaje a la mítica banda de Liverpool, contemplando el retrato de McCartney y las maravillosas vistas sobre los tejados de la ciudad, iluminada por un sol que parecía mediterráneo.

Y por la tarde el plato fuerte: teníamos una cita con los jugadores en su hotel. Éramos 12 los que estábamos allí gracias a algunas de las marcas que patrocinan al club para ver a la plantilla del Madrid el día antes del partido más importante de la temporada. Después de casi una hora esperándoles en una sala preparada exclusivamente para ese acto por los empleados del hotel Radisson, entraron por la puerta los 20 jugadores convocados para el partido del día siguiente encabezados por su capitán. Raúl fue precisamente el que se mostró más serio del grupo, quizás concentrado para una tarea difícil, quizás sabedor de que esa tarea era precisamente demasiado difícil. Tras cinco minutos que resultaron insuficientes para pedir autógrafos y fotografiarse con todos ellos, se marcharon para realizar el último entrenamiento antes del partido y les despedimos con gritos de ánimo. Sí que me dio tiempo a darle al siete el decálogo de Juanito que nos había llevado allí para que lo leyera a los compañeros (no sé si lo llegó a hacer o si tiró el papelito al salir de la sala, pero el caso es que a la postre no sirvió de mucho). También hablamos con Miguel Torres, que fardó de que las chicas guapas iban a su colegio, y no al que íbamos a jugar nosotros al fútbol de pequeños, que está justo al lado, y enfrente del Santiago Bernabeu. Y por último, le dimos un gran abrazo a Íker Casillas en agradecimiento por tantas y tantas alegrías. Aunque el momento se nos hizo demasiado corto, habíamos estado con los jugadores a los que animamos todas las semanas. Podíamos darnos con un canto en los dientes.



lunes, 23 de marzo de 2009

Relato de un sueño. Capítulo I.

Mi hermano siempre ha sido un fanático del fútbol. Tanto que con 3 años ya se aprendió de memoria el álbum de cromos del mundial USA ’94. Siempre se quedaba enganchado cuando había fútbol por la tele y pronto se hizo “supporter” de un Liverpool cuya estrella era Michael Owen y en el que empezaba a despuntar un joven llamado Gerrard que llevaba el número 17. A mí, que en aquella época no seguía con tanta pasión el deporte rey, la vena “red” me llegó algo más tarde, como a muchos españoles, cuando vimos a un equipo con varios compatriotas levantar un 3-0 adverso ante el Milan para proclamarse campeón de Europa en los penalties de una final histórica en Estambul. Pero desde entonces, y tras descubrir tantos entresijos y leyendas de la historia y de la mítica afición del club inglés, nuestro apoyo al Liverpool no ha hecho más que aumentar. Hasta el punto de que cuando en el pasado mes de diciembre vimos que al Madrid, nuestro equipo de siempre, le tocaba jugar en Anfield, decidimos buscar como fuese la manera de asistir al histórico evento. Pero no tardamos demasiado en descubrir que las pocas probabilidades de encontrar unas entradas para el partido pasaban por acudir a la recompra en los alrededores del estadio el mismo día del partido.

Cuando ya se nos había quitado de la cabeza la idea de viajar a Liverpool, apareció el concurso de Rexona. Ya había participado en más de una ocasión en las que regalaban entradas para los partidos del Bernabeu a cambio de escribir un pequeño texto explicando por qué merecía asistir al partido o cuál debía ser la táctica utilizada por el equipo para alcanzar la victoria. Aunque nunca había resultado premiado, en mí quedaba una pequeña esperanza cuando escribí el decálogo de las remontadas de Juanito. A los pocos días y quedando tan sólo una semana para el ansiado partido de vuelta, me llamaron por teléfono para comunicarme que me había tocado. Al principio pensé que era una broma, pero no lo era: viaje a Liverpool en el avión del equipo el día antes del partido, estancia en un hotel de 4 estrellas con nombre de canción de los Beatles y situado en el centro de la ciudad y dos entradas para el duelo de Anfield, todo incluido. En el último momento lo habíamos conseguido y además de una manera única. No podíamos creerlo. No podríamos olvidarlo.



The Beatles - In my life